sábado, 7 de octubre de 2017

viernes, 29 de septiembre de 2017

domingo, 23 de julio de 2017

jueves, 20 de julio de 2017

"Este lado delas cosas", de Ricardo Loup

escribí sobre "Este lado de las cosas", de Ricardo Loup, en la revista LIBEROAMERICA.COM
Se puede leer acá:

https://liberoamerica.com/2017/07/11/este-lado-de-las-cosas-de-ricardo-loup/

viernes, 7 de julio de 2017

Entrevista en ocultalit.com




EVER ROMÁN: «LA LITERATURA PARAGUAYA SE PREGUNTÓ POCO ACERCA DE SÍ MISMA. LOS ESCRITORES DE AHORA SE ESTÁN HACIENDO CARGO DE ESTA PREGUNTA»

escrito por Darío Zalgade



Ever Román (Mariscal Estigarribia, 1981) estudió periodismo en la Universidad Nacional de Asunción y cine en la Universidad de las Artes de Buenos Aires. Es autor de los libros de relatos Osobuco (Pánico el Pánico, 2011) y Falsete (Arandurá, 2014) y ha publicado en diversas antologías. Actualmente dirige el ciclo de lectura Literapunk en Buenos Aires.



Estudiaste periodismo en Asunción y cine en Buenos Aires, dos maneras de comunicar muy distintas, pero imagino que también complementarias. ¿Qué aportó cada uno de estos ámbitos a tu literatura?

Hacer entrevistas y reportajes obliga a mirar afuera de uno mismo y estar atento a la relación entre las palabras y las cosas, los gestos y las frases, las sutilezas de la expresión. En el periodismo todo es muy concreto, consciente, y se participa de múltiples convenciones. Para decirlo rápido, en el periodismo no hay una escritura intimista. Lo que causó esta práctica en mi escritura fue una especie de pavor por lo convencional; pero a la vez me hizo consciente de la carga ideológica de las palabras y que lo escrito está siempre en deuda con cosas ajenas a uno mismo. Aunque suene un poco exagerado, el periodismo puede tener el buen efecto de hacer más humilde a un escritor. El cine, sin embargo, me enseñó el amor. Mantiene cierta cercanía con la literatura, en el sentido de que solo al pervertir la convención llega a expresar algo. A diferencia del periodismo que es una tarea más bien intelectual, el cine es más emocional y físico: uno carga cosas, se mueve, mira, habla y toca a otros, depende de los demás todo el tiempo. Además, los materiales que usa son muy diversos: personas, sonidos, imágenes, tecnología, dinero, historias, sentimientos, etcétera. Creo que ambos me hicieron mirar la literatura desde sus particularidades; el periodismo quizá más desde el plano del despojamiento de la intimidad y el cine me hizo recuperar un poco el amor por los sentidos, por su poesía. Evidentemente, amo el cine, en cambio el periodismo fue una cosa que hice por divertirme primero y luego para subsistir.

En Buenos Aires participás muy activamente en círculos de literatura en torno al ciclo de lectura Literapunk. ¿Cómo se gestaron ese espacio, y cómo se desarrolla en relación con los círculos literarios predominantes de Buenos Aires?

Literapunk sale de un programa de radio llamado Radio pirata transmite, que más que un nombre es una contraseña. Lo hacía con Diego Brixton en la radio del Salón Pueyrredón, que es un centro cultural punk rock muy emblemático en Buenos Aires. Entrevistábamos músicos y escritores, militantes políticos, inmigrantes, productores de alimentos orgánicos, artesanos de la cerveza, de todo. Con Diego decidimos hacer un ciclo de lecturas y de música con los que habían venido al programa. Le pusimos Literapunk un poco porque no quedaba otra. Tuvo mucho éxito. Este es su quinto año y en cierta manera se ha vuelto familiar en la movida cultural porteña. Literapunk es más punk rock que una cosa esnob (en todo caso es esnobismo punki), así que en los círculos literarios predominantes somos unos perfectos desconocidos. Pero a veces los escritores —y hasta algunos editores— se despeinan un poco y vienen a compartir con nosotros. Pero no hay más relación que esa.

Participaste también hace muy poco del conversatorio sobre literatura paraguaya organizado por el Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay, en buena parte gracias al esfuerzo de Carla Benisz. ¿En qué estado considerás que se encuentra la literatura paraguaya contemporánea? ¿Es complicado para los autores y autoras paraguayas encontrar espacios de visibilización y reconocimiento dentro y fuera del país?

Estuve en la organización del conversatorio, aunque no soy parte del GESP. Antes del encuentro no tenía una idea clara de lo que podía significar la literatura paraguaya contemporánea, aparte de haber leído los libros publicados y haber conversado con quienes los escribieron en distintas ocasiones. El encuentro fue realmente maravilloso en ese sentido. Creo que la situación de la literatura paraguaya actual es que no tiene lectores y críticos más o menos establecidos, por lo que no hay una conciencia de lo que ocurre con la literatura actual; me refiero a una conciencia reflexiva. A diferencia de otras literaturas de la región, como la argentina o la chilena, los escritores paraguayos se sienten un poco solitarios en lo que hacen, con una sensación de desamparo y de inutilidad a la hora de escribir y publicar. Hace unos días hablaba con un amigo poeta (o amiga poeta…, no sé bien cómo decirle, hay gente más compleja que otras: Edu Barreto, guiáme) y nos preguntábamos justamente cuáles serían las condiciones necesarias para pensar en una literatura paraguaya. Creo que esta pregunta no se dio mucho en la literatura paraguaya, salvo en casos puntuales. Quiero decir, en círculos más bien pequeños y épocas específicas; pero no ha sido una constante. La literatura paraguaya se preguntó poco acerca de sí misma. Los escritores de ahora se están haciendo cargo de esta pregunta, de una manera muy receptiva, movidos por la curiosidad y a la vez por una necesidad de autoconocimiento. Pienso que es una cuestión importante para abordar críticamente el estudio de la literatura de un país. Porque no solo la literatura paraguaya es un poco desconocida, dentro y fuera de sus fronteras, sino que el Paraguay mismo es un país desconocido. Por tanto es también difícil promocionar escritores paraguayos, contextualizarlos. Como decía Carla Benisz en el conversatorio, los autores terminan siendo raros, un poco peregrinos, y así, comercialmente, cuesta darles visibilidad. Espero, por lo rica que es la literatura paraguaya, que esto cambie. Más que nada por los lectores, para que puedan leerla y encontrarla en las estanterías, pues los escritores siempre se las arreglan para escribir. Es sabido que la literatura no necesita de países, tan solo de la lengua; los escritores son capaces de hacer literatura en cualquier parte, en la cárcel, en medio de guerras, en islas desiertas, sin DNI. Sin embargo, preguntarse por el origen, enfrentarse a una tradición (verla, sentirla), hace que el escritor olvide un poco la ilusión de soledad absoluta y se relaje un poco, y esto me parece muy positivo.

Osobuco, Falsete y muchas de tus aportaciones en antologías se constituyen desde el formato del relato corto. ¿Por qué venís eligiendo el relato y no otras formas literarias como la novela o la poesía?

Yo pienso en poesía, siento en poesía, lo único que me importa es la poesía, pero no encuentro sitio en la forma poema, aunque leo sobre todo poetas. Así que la prosa no es tanto una elección sino una fatalidad. Escribo muchos relatos cortos, pero también novelas, guiones, ensayos, diarios, e incluso a veces poemas (al menos tres o cuatro por año). Escribo cualquier cosa, textos. Mis novelas recorren editoriales pero aún no han encontrado cobijo, a diferencia de los relatos.

En tu relato En la rana verde proponés una serie de reflexiones metaliterarias alrededor de un sueño de vigilia recurrente que padece el personaje de Yiyo. Da la sensación de que ese sueño desdibuja los límites entre lo real y lo irreal. ¿Es por eso que genera tanto interés para los escritores mencionados en el relato?

Relatar historias es común a todas las culturas, un patrimonio universal, un saber compartido por todos los seres con lenguaje. Hay una variedad de modelos compartidos, fórmulas, géneros, desde el relato autobiográfico al chisme; todo esto lo señala muy bien Roland Barthes. La reflexión sobre el contar está también implícita en todo relato y bien que mal es tan practicada como el relato mismo. Por ejemplo, el pedir una aclaración —que es ya una crítica a la forma del contar—, o la sugerencia de tono o ritmo, cuando oímos algún cuento o anécdota en la calle, en la casa, en la tele, es una práctica constante. Uno cuenta algo, lo que sea, y la respuesta es siempre un comentario sobre la historia y sobre la forma que uno le dio a esa historia. Da lo mismo que refiera hechos ocurridos o sea una pura invención. Es un asunto que va más allá de la literatura; la literatura muchas veces no hace más que sumergirse en esta práctica, ser una variación de ella. En ese texto se menciona al sueño porque el sueño es como el origen de todo esto del contar (a la vez que el relato es el que crea el sueño, una variación del huevo y la gallina), es el agua de la placenta que baña los fetos literarios. El sueño es misterio, un cuerpo sin horizonte inteligible, sin rostro (o tiene demasiados); creo que por eso los sueños son tan atractivos para la literatura, al igual que para los relatos que se dan en conversaciones casuales. Hay algo litúrgico en contar un sueño, es como recitar un poema. Y no puede evitarse que el interlocutor interprete, sugiera; somos así, oyentes reflexivos, metiches. Quiero decir, nadie recibe un sueño como algo dado, sino más bien como un agujero que hay que rellenar. No solo el sueño, sino todo relato, está siempre a caballo entre una verdad y un sinsentido. Fue un poco esto lo que usé como excusa al escribir «En La Rana Verde». Además, La Rana Verde es un microscópico bar gigante de Asunción, un bar que es como un sueño; si no me equivoco, tenía solo dos mesas y la barra, y miles de discos y videos de cualquier época.

Tu libro Osobuco lo cerrás con el relato homónimo, donde te valés del personaje de Biedermann para representar, en buena medida, el desenvolverse de un barrio en una instancia de ‘fin del mundo’. En el mismo relato proponés una comparación muy buena entre la literatura apocalíptica y el melodrama rosa. En mi opinión, uno de los grandes méritos de este relato pasa por la capacidad de hibridar una instancia apocalíptica, casi de ciencia ficción, con un día a día extraordinariamente palpable en torno a unos cortes de osobuco. ¿Por dónde iban tus pensamientos a la hora de concebir este relato? ¿Qué te llevó a proyectar el caos de un Armagedón sobre la vida cotidiana de Asunción?

El 4 de abril de 2009 cayó sobre Asunción una lluvia con hollín, cenizas y humo, que estaban en el aire a causa de incendios forestales. La lluvia tenía color negro y provocó espanto y curiosidad en la población. Empezó a caer a varios kilómetros y fue acercándose a la ciudad como si fuera una de las maldiciones de Moisés. En un principio nadie entendía lo que había pasado, así que imagarinás lo fantástico que fue. Al mes siguiente, una editorial cartonera de Paraguay, Yiyi Yambo, convocó a narradores para que escriban algo basado en lo ocurrido. La antología se llamó Lluvia negra, y participaron escritores de Ecuador, Argentina, Brasil, Alemania y Paraguay. Tuvimos algo así como un es para escribir algo. Bueno, esa es la génesis. Pero un relato siempre se viene construyendo de más atrás, forjándose en las sombras, como se dice. Tomé algo de la lluvia negra y fui poniendo más cosas, como en una cocina improvisada. Estaba leyendo en ese entonces mucho a Hermann Broch, Los sonámbulos para ser preciso, y estaba completamente enamorado de los ensayos que hay en la novela y que funcionaban como reflexiones sobre la sociedad de su tiempo, a la vez que eran puramente lúdicos. La idea de ensayar teorías peregrinas, seguir una lógica reflexiva dentro de un texto literario es algo que me apasiona, así me lancé a hacerlo también. De ahí es que viene esa cosa de hablar dialogar la ciencia ficción, la novela rosa y la sociedad asuncena en un texto que a la vez habla del fin del mundo, judíos seguidores de Jesús, cortes de carne y todo lo que hay. Además, Biedermann es el apellido de una familia patricia de Asunción, gente muy rica, importadores, comerciantes, creo que son dueños de uno de los grandes periódicos. Estas cosas son las que tenía en mente, junto el deseo de reflexionar como un filósofo o un sociólogo sin serlo; quería quizá ser una especie de De Selby en tono menor, ese entrañable personaje de Flann O’Brien. Sin embargo, aunque lo escrito es meramente literario, creo que hay un pensamiento sobre la sociedad asuncena, que conocí bastante bien; un pensamiento producto de la nostalgia (llevaba un par de años viviendo fuera), el enojo, impresiones sobre la gente, de todo un poco. Pero aunque nombre los elementos, hay algo inatrapable. Eso que no se sabe o no puede decirse más que en el texto mismo es a fin de cuentas lo único que habla.

Desde la primera línea del relato epistolar Falsete te posicionás no como su autor, sino como su destinatario. ¿Por qué apostaste por este cambio de perspectiva justamente en ese texto?

Ese relato fue lo último que escribí antes de irme de Paraguay. Tenía un amigo, el poeta Carlos Bazzano, que estaba viviendo en el Uruguay, y cada tanto le escribía cartas sobre la cotidianeidad asuncena. Una vez quise escribirle una carta sobre todo lo que ocurría, una gran crónica tipo los Diez días que estremecieron al mundo, pero no había para tanto. Lo que veía a mi alrededor, los sueños rotos de la juventud de un paisito sudamericano, era una cosa muy pequeñita, aunque por supuesto absolutamente importante. Al final, se transformó en una carta larguísima sin pies ni cabeza. Y me di cuenta de que lo que había escrito era un texto también destinado a mí mismo; supongo que es algo que a menudo descubre la gente que escribe cartas. Falsete es una carta de amor a mis amigos, una carta de la que yo soy también destinatario; pero el remitente ya no soy yo, sino alguien más preocupado por la literatura que por la historia de mi vida.

En lo personal te puedo decir que pocas veces disfruté tanto de los relatos de un autor contemporáneo como me ocurrió con los tuyos, pero el caso de Falsete quizá llevó esta sensación un escalón más allá. Hay un cierto ambiente de bohemia artística donde se entremezclan la música, el teatro, la literatura, muchas formas de expresión heterogéneas que atraviesan con mucha autenticidad las vidas de sus personajes. ¿Podría decirse que tu propia vida también está atravesada por una pasión creadora similar? ¿Son esos los espacios, es esa la hibridez artística donde cabe entender mejor la figura de Ever Román?

Nunca pinté, ni hice música ni danza; en cambio, hice teatro, estuve en revistas, formé parte de centros culturales, hice radio, televisión, milité políticamente; tengo conocidos y amigos ligados a todas esas ramas. Durante un corto periodo de mi vida, intenté ser parte de la bohemia artística, pero tuve que conformarme con ser un organizador de cosas artísticas. Incluso ahora, que trabajo dictando talleres literarios y de audiovisuales en instituciones psiquiátricas para ganarme la vida. Mis textos se alimentan un poco de esa variedad; y también de lo que está del lado menos luminoso o glamoroso, la vida a secas, torpe, estúpidamente banal, que vivimos todos. Pero principalmente de libros leídos. Son los libros los que piden más libros. Por encima de todo, soy aficionado a la lectura; tengo una biblioteca polvorienta, desordenada y muy manoseada, que crece como una enredadera por toda la casa.

¿La literatura de calle, de birra en la mano y música y bares, padece de una cierta invisibilización por parte del mercado editorial? ¿O quizá es positivo que exista una diferenciación clara entre ambas esferas?

El arte vive del borde y de lo que está fuera del sistema. Lo que se conoce como arte institucional es una cosa que indudablemente existe; se ve en las bienales, los museos y muchos textos publicados por grandes editoriales. Pero más que arte son artesanía, una artesanía con mucho estatus y dinero, y por supuesto circulación. El mercado  editorial se alimenta de lo legible en determinadas épocas; pero esto va variando, ya sea por modas o por la aparición de ciertos autores que, desde la marginalidad, rompen la lógica del mercado e instalan una nueva. El más claro ejemplo es El Quijote. El libro sale en un mercado saturado por libros de caballería e instala una nueva manera de leer. Un símil actual a lo que eran los libros de caballería serían los policiales, los libros con zombies, monstruos, o que narran problemas sentimentales de la clase media. Quiero decir, siempre hay autores —es inevitable— ocupándose de bares, de birra, música, de la vida en los márgenes, por ejemplo el exilio, la pobreza extrema, la locura. Podemos citar a Villon, un auténtico vago y hasta criminal. Una de las funciones del arte es precisamente la de ser un puente o lazo entre las cosas que no se tocan, entre esferas en apariencia inconciliables. De repente se dan las condiciones y uno de estos autores sale a la luz del comercio editorial y se hace famoso, y tenemos por ejemplo a un Bukowski dando charlas en universidades y haciendo giras con sus libros. El mercado editorial, es decir el comercio, no impone, sino que vende, por lo que está siempre a la caza de lo que puede venderse bien. Pero por suerte para los escritores y artistas hay otros mercados, hay ferias de libros y editoriales independientes, hay un sistema de circulación que se mueve con una lógica que no es la de las grandes finanzas. Es un tema complejo y que me excede.

Hace ya algún tiempo desde que publicaste tu último libro de relatos. ¿Tenés algún nuevo proyecto literario en mente? ¿Cuándo saldrá a la luz tu próximo libro?

Estoy escribiendo relatos para un libro, que si Dios y la Virgen lo permiten, se publicará a fines de este año o a comienzos del próximo. Es lo más inmediato, mi mayor entusiasmo, puesto que está en proceso y además ya tiene un destino. Aparte envié un par de novelas a algunas editoriales y aún espero respuestas; por lo pronto acumulo rechazos. Y estoy en la etapa de producción de una película de ficción; que será mi tesis de licenciatura.




martes, 27 de junio de 2017

sobre ARB en revista Ñ

20/06/2017 Revista Ñ (Diario Clarin, Buenos Aires)

Augusto Roa Bastos

Arte supremo de un gran novelista

A cien años del nacimiento del escritor paraguayo, se reeditan Yo el Supremo e Hijo de hombre y se publican los cuentos de Encuentro con el traidor.

Alfredo Grieco y Bavio
Desde Asunción

Uno de los efectos del boom editorial de la literatura latinoamericana de los años 60 que este año festeja su cincuentenario favoreció el nacionalismo capitalizador y monopólico. Para cada nación ilustraba en los catálogos y en las librerías cosmopolitas, un novelista best-seller; preferentemente, unos pocos, con tendencia a concentrarse en un solo nombre, como una sola bandera lucía en los mapas políticos coloreados del subcontinente. En el Urupabol, el Benelux de Sudamérica, a Uruguay correspondió Juan Carlos Onetti, a Bolivia acaso el hoy menos recordado Néstor Taboada Terán, a Paraguay, sin duda alguna, Augusto Roa Bastos, cuyo centenario y cuya vigencia festejan este mes de junio la lengua castellana y todas las lenguas, incluso, no sin renuencias de algunos de sus hablantes, el guaraní.
Primer exportador mundial de energía eléctrica y primer importador mundial de whisky, Paraguay es el país americano que protagonizó más guerras internacionales y civiles. En 2011, un presidente de un signo político nuevo, el obispo Fernando Lugo (derribado al año siguiente por un golpe legislativo express) celebró el Bicentenario de una patria que se había vuelto también ella monopólica. El 2% de la población es dueño del 98% de las tierras, y en siglo y medio de historia gobernó casi sin interrupciones mayores, con elecciones y dictaduras, el mismo Partido, el Colorado, el que gobierna hoy, el que había liderado esa concentración terrateniente después de la guerra genocida (1864-1870) en que Paraguay fue derrotado por Brasil, Argentina y Uruguay con connivencia británica.
Estas convulsiones y parálisis bicentenarias atraviesan como tema y problema constante, bajo y alto continuo, los cuentos, los ensayos y las grandes novelas de Roa Bastos: entre éstas, Hijo de hombre (1960) y Yo el Supremo (1974) destacan por sobre las otras cuatro.
En Paraguay, país oficialmente bilingüe, único del mundo donde la bandera tiene dos lados diferentes, el monopolio de Roa Bastos como representante literario exterior parece inconmovible. Con la lucidez sin desfallecimientos que la caracteriza, la crítica, poeta y narradora Montserrat Alvarez observa qué suscita y regurgita Roa a cien años de nacido: “un banquete de epítetos –todos un tanto obscenos– proferidos, para decirlo con la debida pompa, por ‘referentes’: nuestro más profundo escritor / sublime artífice del verbo / trágico paraguayo de úlceras recubiertas por fino papel / devoto artesano de la palabra / paraguayo universal / alquimista titánico del verbo / orfebre de la prosa cintilante. En un juego especular, Roa se mira en Paraguay, que se mira en Roa: una nación, una obra”.
El narrador Javier Viveros no contradice a la editora del Cultural del ABC Color, y dice a Ñ desde Asunción: “Decir que Roa Bastos es la figura señera de nuestras letras es menos un axioma que una verdad de Perogrullo. Nuestro supremo escritor es un faro que abrió caminos a la literatura paraguaya, que la colocó en el mapa, en un lugar de preeminencia. Roa poseyó el castellano en un nivel en el que nadie lo había hecho hasta entonces (tampoco después de él). Solo alguien profundamente enamorado del lenguaje pudo ser capaz de firmar esa monumental obra de brillo cervantino y quevediano como sin dudas lo es Yo el Supremo”. Concuerda José Pérez Reyes, autor de Asuncenarios: “Una vez que pase el ‘trueno’ de su centenario habrá que volver a las ‘hojas’, ir al origen de sus obras más allá del mito”.
Un padre, un parricidio Con sobriedad, con atención al detalle, Carla Daniela Benisz, especialista en el ámbito cultural paraguayo, apunta sobre el autor centenario: “En sus últimos años y ya caída la dictadura stronista, Roa Bastos fue una especie de divisor de aguas en el campo intelectual paraguayo. Su consagración internacional y sus propias declaraciones polémicas alimentaron ciertos gestos ‘parricidas’ por parte de algunos escritores paraguayos que vieron en él el tótem con el cual se debía confrontar. Cuando regresa al Paraguay en los primeros 90, Roa intenta participar activamente de la vida política de la transición y para ello hace valer ese peso de escritor que se había ganado fuera de su país. En ese contexto, Roa realiza un balance pesimista del estado de la literatura paraguaya, que muchos escritores sintieron como una impugnación personal. Sin embargo, más allá de ciertas ambivalencias intelectuales de Roa y su ajuste de cuentas personal, creo que hay ciertas discusiones que él despertó y que la literatura paraguaya todavía se debía. La principal es la de centrarse en el conflicto colonial como factor estructural de la cultura paraguaya y, en consecuencia, de su literatura”.
Muchas de estas discusiones resume para Ñ el escritor paraguayo Ever Román, a partir de un Congreso sobre la obra de Roa que la semana pasada sesionó en la Fundación Paraguay Cultura: “Uno de los cuestionamientos que se dieron en el congreso fue que el mundo de Roa, el Paraguay rural de los años 30, 40, no existe más. Por lo tanto, el de ahora es otro país. La gente ahora vive en las ciudades, engrosando los cordones de pobreza, o ha emigrado, pero por razones no solamente políticas, sino económicas. Entonces, el país escrito es el de la ciudad, el comercio, con sus dramas particulares y su sensibilidad especial. Y el exilio, tan importante en la actualidad como en la época de Roa, tiene un carácter distinto. Ya no es el exilio político, sino que es económico, los paraguayos emigran a causa de la miseria, o por alguna otra cuestión relacionada con la globalización.
De Yo el Supremo prepara la Real Academia española una edición crítica de homenaje para este 2017, dirigida por la académica paraguaya Maribel Barreto. A pedido de Ñ, Susana Santos, heredera de David Viñas en la cátedra de Problemas de Literatura Latinoamericana un la Universidad de Buenos Aires, y única especialista de la Argentina invitada por la RAE para participar con un estudio crítico en esta edición, caracteriza la singularidad de esta ‘novela de dictador’ cuya primera edición es argentina: “El jueves 27 de junio de 1974 coincidieron en Buenos Aires la aparición de la novela Yo el Supremo de Roa Bastos y la desaparición del general Juan Domingo Perón, hasta entonces presidente por tercera vez de la República que terminaba así una etapa histórica. En correlación, El yo supremo significaba el inicio de una nueva literatura por su forma lingüística, filosófica e incluso política en la narrativa de Roa Bastos”.
En Hijo de hombre, novela cuyo fondo es la Guerra del Chaco (1932-1935), en la que Paraguay derrotó a Bolivia y cuya paz fue firmada en Buenos Aires, los problemas literarios que el autor enfrentó, y a los que ofreció solución original, también involucran al otro bando beligerante, y a la Argentina. Con la erudición que caracteriza una obra de varias décadas, la crítica y catedrática boliviana Alba María Paz Soldán, comenta: “Roa, escritor que responsabiliza de su escritura a sus lecturas, tiene que haber leído una y otra vez los cuentos de Sangre de mestizos (1936) de Augusto Céspedes, el boliviano que publicó estos textos al año siguiente de terminada la Guerra del Chaco. Esto mismo nos autoriza a hablar de una intertextualidad no solo referida al tema del conflicto bélico sino también a ciertas imágenes presentes en cada uno de los autores que, aunque en su propio estilo, remiten unas a otras”.
Por su parte, el narrador Mario Castells, a propósito de esta novela hoy reeditada, dirige nuestra atención hacia otro escritor de fronteras, el uruguayo-argentino Horacio Quiroga: “Como sabemos, Quiroga nació uruguayo; se radicó en Buenos Aires pero escribió cuentos sobre la antigua región guaraní de Misiones, zona de frontera donde la muerte era un riesgo y un desafío cotidiano. No es difícil ver en la elección literaria de Quiroga a su precursor, Rafael Barrett, el que según palabras del mismo Roa le enseñó a escribir a él y a los escritores paraguayos de su generación. Roa toma el método de Quiroga y se enfrenta a la lengua popular campesina de otra manera. Esto es muy claro si lo cotejamos con El trueno entre las hojas. Y por último, y no menos importante, por la identificación del letrado como traidor que se desprende de los personajes que fungen como álter ego de los escritores”.
Desde la explosión del sesentista boom literario de Latinoamérica a los sollozos del crash con el Mercosur y el Nafta arrumbados, Roa Bastos ha transitado, fatal aunque no letalmente, el camino de toda carne. Autor de poderosas ficciones ‘de personaje’, tras morir él mismo acabó por ser uno en la ficción de sus compatriotas Cristino Bogado y Mónica Bustos. Deshizo así un camino borgesiano, y su figura, hoy centenaria, marchó de las novelas a las alegorías.

-Yo el Supremo, Augusto Roa Bastos. Eterna Cadencia, 576 págs. Prólogo de Josefina Ludmer.
-Hijo de hombre, Augusto Roa Bastos. Eterna Cadencia, 416 págs.
-Encuentro con el traidor, Augusto Roa Bastos. Mil Botellas, 182 págs.

publicado en Revista Ñ